Existen personas que sienten la necesidad de saludar a todos los empleados de la compañía. Sus madres se esmeraron tanto en su educación que son incapaces de simplemente dar un "buenos días" general e ir a sentarse. No, en sus mentes creen que deben recorrer el local repartiendo su cornucopia de besos y apretones de manos.
Normalmente, querido oficinista, yo estaría en pro de la cortesía extrema y aplaudiría los loables esfuerzos educativos de sus madres pero existe un gran problema con esta práctica: estorban muchísimo el paso de las personas a las que no están saludando.
La era de las oficinas enormes tipo Mad Men donde todos tenían 50 metros cuadrados de espacio vital se acabó en los ochentas. En este nuevo milenio nuestras kinesferas están siempre invadidas por los oficinistas vecinos, y usted no ayuda a mejorar la situación mientras danza entre las sillas ergonómicas dando muestras de afecto.
Si, además, su ruta de besos pasa por la principal vía de acceso al garrafón de agua y a la cafetera no sólo incomodará a sus camaradas sino que se convertirá en un riesgo para quienes transitan con una taza humeante o un vaso de agua helada en sus manos.
Por último, si decide perder toda compostura e ir por la vida saludando a todos como le enseñó su abuelita, al menos evite hacerlo sobre su silla. Las sillas no son un medio de locomoción seguro para nadie.
Decir "Buenos días" al llegar a su sitio de trabajo es cortesía suficiente a menos que sea usted candidato a un puesto político o Juan Pablo II.
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