Querido oficinista, esta regla es una de las más importantes del manual, y posiblemente la más importante regla de etiqueta que aprenderá en su vida.
Puede ser que el pastel sea lo único que da sentido a la vida del oficinista moderno. Sabemos que es una bomba de azúcar y grasas vegetales parcialmente hidrogenadas con el potencial de provocar un coma diabético, además de no estar incluido en la lista de alimentos nutritivos de la SEP, pero su efectividad para hacernos olvidar que pasamos media vida encerrados mirando al monitor es tan alta que ignoramos gozosamente estos detalles insanos.
Aún cuando algunos de sus colegas no sean de su agrado, o incluso tengan su absoluta desaprobación, debe recordar que un trozo de pastel y un vaso de agua no se le niegan a nadie. Por ello, debo urgirle a que comparta su pastel con TODOS. Incluso con los diseñadores que lo critican y tratan de humillarlo con sus Mac y esas tabletas para trazar que parecen tan divertidas.
Muchos de los que se acerquen a departir no sabrán ni su nombre ni el motivo de la celebración, y simplemente se acercarán para obtener un poco de dicha azucarada a costa suya. No importa. Cuando se trata de pastel, incluso los buitres merecen una rebanada.
Y hablando de etiqueta pastelera, debo recordarle que tan exquisito alimento debe acompañarse con una bebida igualmente deleitosa. La mejor opción será siempre una taza de té. Si sus papilas gustativas son demasiado burdas para esta bebida, el café, la mimosa o el chocolate son todas alternativas aceptables. El refresco es una opción viable solamente si está pensando en la diabetes como forma de vida.
La única bebida no aceptable es la leche, y menos aún si es leche saborizada. Francamente, si tiene más de siete años y continúa con esta práctica, le recomiendo que crezca de una vez.
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